Desde el compromiso de caminar y servir junto a la comunidad indígena, los días 12 y 13 de diciembre se desarrolló la Escuela de Verano en territorio de Cabagra, como un espacio formativo, recreativo y espiritual impulsado con el apoyo de personas voluntarias, liderazgo pastoral y familias de la comunidad. La iniciativa integró deporte con valores, vida comunitaria y formación en fe, fortaleciendo los lazos de hermandad y servicio.
En la jornada inició el día 12 con una liturgia infantil, guiada por la pastora y un grupo de adolescentes, con el acompañamiento musical del hermano Mario. La celebración permitió que niñas y niños participaran activamente en un espacio de fe contextualizado y cercano. Al finalizar, se realizó la entrega de aproximadamente 22 regalos para la niñez, en un ambiente de alegría y gratitud. Al caer la noche, las personas de la delegación compartieron con familias anfitrionas de la comunidad, fortaleciendo vínculos de confianza y fraternidad. Incluso ante la ausencia de electricidad en horas de la noche, el compartir sencillo, a la luz de linternas, se convirtió en un signo de cercanía y comunión.
El día 13 se llevó a cabo la Escuela de Fútbol de Verano, una propuesta pedagógica distinta al fútbol competitivo tradicional. Esta metodología utiliza el deporte como herramienta para enseñar valores cristianos y comunitarios como el respeto, la tolerancia, la inclusión y la resolución pacífica de conflictos.
A diferencia del juego competitivo, la escuela de fútbol trabaja el concepto de equipo desde la cooperación. No se trata de avanzar con pelotazos, sino de construir jugadas mediante pases cortos e integradores. De esta forma, el juego fomenta activamente la inclusión y la igualdad, promoviendo el trabajo conjunto entre niños y niñas.
Las personas voluntarias iniciaron la actividad explicando la metodología y organizando equipos con distintivos de colores. Más que un partido, se trató de un proceso guiado de aprendizaje social, donde el deporte se convirtió en lenguaje de convivencia, diálogo y cooperación. El proceso también sirvió como espacio de capacitación práctica para líderes, lideresas y pastores, quienes quedaron preparados para replicar esta experiencia en otras comunidades.
Además, se desarrolló un espacio de trabajo con mujeres sobre autocuidado y valoración personal, considerado de gran importancia por las participantes. A través de dinámicas accesibles, donde cada mujer podía escribir, dibujar o expresar verbalmente, se reflexionó sobre los dones y talentos que Dios ha puesto en sus manos y en sus vidas. La participación fue amplia y el compartir profundamente significativo.
La Escuela de Verano contó con el apoyo de personas voluntarias internacionales, Lynn, Leoni, Max y Manu, quienes, aun cuando el español no era su lengua principal, lograron una comunicación muy cercana y dinámica, interactuando con alegría con la niñez y las familias y demostrando que el servicio y el cariño trascienden las barreras culturales.
La experiencia en Cabagra dejó como fruto una vivencia integral: fe celebrada con la niñez, deporte con valores, formación comunitaria y convivencia familiar. Estas acciones reflejan el compromiso de la Iglesia de acompañar a las comunidades con propuestas que unen Evangelio, dignidad humana y vida compartida.











