Iglesia Luterana Costarricense

una iglesia sin paredes.

Historia Comunidad de Fe Diversidad Inclusiva

La Iglesia Luterana Costarricense inicia en el 2005 una serie de acciones bajo el nombre de Pastoral de la Inclusión con el fin de acoger a grupos de personas marginadas y tradicionalmente excluidas de la vivencia de la fe y la comunión por su orientación sexual y así brindarles un nuevo espacio para la espiritualidad desde su propia identidad.

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Esta pastoral procura erradicar todos los aspectos homofóbicos que discriminan, excluyen y denigran a las personas por su orientación sexual. Cabe destacar que el trabajo previo con grupos de mujeres había generado una plataforma teórica y práctica para el análisis de la sexualidad y la equidad de género. Esta experiencia da paso a una reflexión alternativa, que coloca un alto al discurso tradicional excluyente de las iglesias, en materia de la diversidad sexual.

El mensaje moralizante de las iglesias en el ámbito sexual ha producido que las personas homosexuales, lésbicas, bisexuales, transgénero, entre otras categorías, sean cargadas en mayor o menor grado por un sentimiento de culpa, vergüenza y condena, que tiene como consecuencia la exclusión automática al derecho de una vida espiritual, que es oficializada por la interpretación literal de los textos bíblicos, los cuales premeditadamente se utilizan como herramienta para la exclusión y estigmatización. Por desgracia esta posición tradicional persiste fuertemente en la sociedad costarricense.

Es así, como nace la Comunidad de la Diversidad Inclusiva, la cual asume el estigma de Cristo, abriendo oportunidades de conocer a Dios y su presencia divina profundamente justa y amorosa, con la misión de superar la condena y exclusión de las personas con diferente orientación sexual, tanto a nivel interno dentro de la organización como externo dentro de la sociedad.

La Iglesia asume la temática de la diversidad y el compromiso con los derechos humanos de las poblaciones LGTBI desde hace 14 años, cuando se inicia el espacio litúrgico denominado Misa Inclusiva, con el fin de acompañar pastoralmente a las personas de la diversidad sexual en sus experiencias de fe, superando toda forma de discriminación con base en la identidad de género y orientación sexual.

El fundamento teológico se encuentra en el libro del Génesis 1, 31, el cual manifiesta que “Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien”, por lo tanto, se puede entender que todo lo creado por Dios no se refiere a una obra en particular sino al conjunto de la creación, porque de esta manera “todo lo que está en el cielo y en la tierra y todo lo que hay entre ellos quedó terminado” (Gen. 2, 1).

Se puede asegurar que los seres humanos están marcados por una diversidad originaria, muchas veces enriquecida por la cultura de los pueblos y muchas veces amenazada y violentada por quienes ejercen el poder desde enfoques excluyentes, como es el caso de la construcción cultural y eclesial de la homofobia que causa graves daños a las personas y a la sociedad.

Las personas que participan en la Comunidad de la Diversidad Inclusiva han encontrado un espacio donde no existen barreras ni prejuicios y hace que las personas se entiendan y se respeten en medio de su diversidad y enriqueciéndose con base en ella. Desde esta perspectiva la Comunidad de la Diversidad tiene un sentido ecuménico, que ha sido capaz de conocer a un “Jesús más vivo, más humano, más comprometido”, muy diferente a la idea de Dios que se presenta en las iglesias neopentecostales o la Iglesia católica. En este sentido, la Iglesia Luterana Costarricense (2016) manifiesta: Dios es una colectividad creadora que emana armonía de sí misma, una colectividad armónica que estimula relaciones equilibradas en medio de una gran Diversidad de la Creación, las cuales se dan en procesos de reconocimiento, respeto y diálogo (p. 10).

Las iglesias se dan la libertad y el derecho de decidir cuales personas entran al Reino de Dios y cuales son desterradas del paraíso, sin tomar en cuenta que quién lo decide sobretodo y todos es el mismo Dios. En este mismo orden de ideas, Altmann (2010, citado por la Iglesia Luterana Costarricense, 2017) expresa que “la iglesia esta tentada a hacerse meritoria de la Gracia de Dios y a colocarse como intermediaria entre Dios y los hombres, receptora de las obras meritorias de los hombres y transmisora de la Gracia de Dios” (párr. 10). La experiencia de aceptación dentro de la iglesia es una novedad para muchas personas y viene a devolver la energía vital absorbida por el estigma y la discriminación.

La Comunidad de la Diversidad presenta una forma de evangelización novedosa, que permite que las personas se apropien, se hagan cargo de su propia espiritualidad sin depender del juicio de otros seres humanos. Por eso, es un lugar para acercarse a Dios, tomar un pasaje bíblico y hacerlo propio, sin que medie la discriminación, la denigración y la exclusión, porque en ese texto bíblico se manifiesta el Espíritu de Dios.

La homofobia se ha convertido en una realidad natural, en una norma social y eclesial, por lo tanto, erradicarla no es tarea fácil, razón por la cual la Comunidad de Paz Inclusiva promueve el conocimiento desde las experiencias personales y grupales y no desde ideas prefabricadas por intereses particulares. Esta situación va a implicar un esfuerzo adicional que compromete energía de estas personas, pero el espacio en sí mismo sería el reforzador del propósito último: la lucha por la equidad, la solidaridad y el cuestionamiento de las formas de exclusión.

Esto implica una conciencia de ya no ser excluidos o ya no querer serlo, produciendo una transición hacia la incidencia política, el diálogo ecuménico, la reflexión compartida con otros grupos con intereses similares, donde todos los miembros tienen protagonismo en el cambio hacia la conversión de la iglesia universal y la sociedad, brindando a la población de la diversidad la oportunidad de ejercer una ciudadanía plena con todos los derechos y las garantías sociales y humanas que le corresponden.

La comunidad representa un gran desafío que estimula a la iglesia como organización a “salir del clóset”, a aceptar de forma activa y crítica la diversidad, siendo signos del amor de Dios y denunciando un cambio de actitud y de leyes en varios ámbitos sociales, como lo ha sido el proyecto de la ley sobre “Uniones de Convivencia del mismo sexo”, que vendría a significar un importante aporte hacia el verdadero desarrollo de los derechos humanos en Costa Rica. Esta ley pretende el reconocimiento por parte del Estado de las uniones de parejas del mismo sexo, facilitándoles la posesión de los derechos y deberes que ofrece el ordenamiento jurídico costarricense.

Como parte en el proceso de aprobación, el Movimiento Diversidad y la Iglesia Luterana Costarricense realizan diversas actividades de incidencia, entre ellas una presentación del texto sustitutivo de la Ley 16390, en el Salón de Expresidentes de la República de la Asamblea Legislativa, lo cual demuestra el interés, la buena voluntad y el compromiso de organizaciones por el fortalecimiento de la democracia y el cumplimiento de compromisos internacionales en materia de derechos humanos.

Otra acción importante es la presencia de la Iglesia luterana en la Marcha de la Diversidad, lo cual ha sido motivo de reconocimiento por parte de los sectores LGTBI, donde el testimonio de las luteranas y los luteranos a favor de la diversidad es un signo de cambio cultural hacia un mundo más equitativo, pacífico, igualitario e inclusivo, donde no exista condenación por razón de identidad de género y orientación sexual.

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Para las y los cristianos es la praxis de Jesús la que les orienta en este tema de la diversidad sexual. Él logra rodearse de hombres y mujeres pertenecientes a minorías sexuales como solteros, viudas y prostitutas. Esta praxis fue totalmente coherente con el espíritu del Dios creador, al proponer y generar comunidades inclusivas formadas por personas diversas, de culturas diversas, de naciones diversas y de sexualidades diversas unidas por el amor.

La Iglesia luterana trabaja para recuperar la confianza perdida en experiencias de exclusión, condena y represión que nada tienen que ver con la voluntad de Dios o la misión de la iglesia. Al contrario, las iglesias deben restaurar la comunión fraterna quebrada por diversas expresiones fundamentalistas que han desvirtuado el verdadero sentido del cristianismo, alentando el odio y la violencia.

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